Gotitas de Miel

No había escrito antes sobre este tema, pero hoy sentí hacerlo luego de tener una conversación con una muy querida amiga. Este escrito te lo dedico a ti amiga. 
En el año 2004 quedé embarazada de gemelos, eran varones y fraternos. Fue un embarazo bastante normal, claro que con las preocupaciones habituales de parir a dos bebés, el factor económico, las mil y una interrogantes: ¿Podré hacerlo? ¿Quién me ayudará?  ¿Seré buena mamá? ¿Sabré que hacer? Etc…

Estaba feliz, radiante, expectante. 

Preparé un cuarto del apartamento dónde vivía para ellos, tenía un gavetero en madera que yo misma restauré y pinté; las gavetas llenas de ropita hermosa, ¡ese olorcito a bebé en el cuarto! Las invitaciones para la fiesta de recibimiento listas o “baby shower”, y un cesto inmenso lleno de sueños, planes y esperanzas para cuando llegaran a casa. 

Al cumplir las 26 semanas, tuve que ir al hospital a que me revisaran pues sentía un dolor extraño en la parte baja del vientre. Cuando llegué a sala de emergencias, me dijeron que estaba dilatada 7 centímetros y que debían hacerme una cesárea de emergencias. Me trasladaron a otro hospital en ambulancia, que estaba equipado para recibir estos casos de nacimientos de múltiples bebés de emergencia. ¡Fue todo muy rápido, confuso! Sentí miedo muy profundo, me sentí sola, no me estaban tratando muy bien en el hospital, ni respetando mi cuerpo.

Mientras me hacían la cesárea veía la cara de los médicos y no era alentador el panorama. Recuerdo haber dicho: ¡Dios mío te entrego a estos dos niños, son tuyos! Y eso fue liberador, solté toda expectativa de que vivieran o no. Sentí un poco de paz. 

*Esta fue mi primera “prueba” de desapego. Esta lección de vida fue muy drástica! De todo corazón, ese momento me enseñó que nada me pertenece, que yo era solo un canal para traerlos a este planeta y que todo tenía un propósito perfecto que en ese instante yo no entendía ni veía pero me estaba dejando llevar. 

Fue un evento muy significativo en mi vida, sin duda me marcó de tal manera que cuando miro hacia atrás, veo una clara línea: mi vida antes de los gemelos y después de los gemelos. 

Los bebés nacieron prematuros, con menos de un minuto de diferencia: Luccas Manuel y Sebastian Manuel. Estuvieron en NICU con soporte respiratorio y muchas otras cosas en sus cuerpitos, sueros en la cabeza, tapes en los ojos, etc… Fui a verles muy maquillada y arreglada, sabía que no saldrían de allí con vida. 

Les pude tocar las manitas, fue hermoso y triste a la vez. Al siguiente día una enfermera vino en la mañana y me dijo que uno de los bebés había muerto y más tarde, en la tarde vino otra enfermera y me dijo que si yo autorizaba a quitarle el soporte de vida al bebé porque ya no estaba respirando solo, dije que sí, que lo autorizaba. 

Que fuerte, con solo 26 años estaba viviendo una de las más dolorosas pruebas que la vida me regalaba para mi evolución espiritual. Luego de este evento nunca imaginé ser mamá otra vez, me aterraba la idea de pasar por una o dos pérdidas otra vez. 

Me quedé muy vacía y reflexiva; día a día al salir el sol, esos rayitos me acariciaban y me fui aclimatando a la nueva manera, a la nueva forma de vivir que el Universo me había presentado, sin mis dos bebés. 

Estaba aprendiendo sobre el desapego, pero me quedó el miedo a tener otra pérdida. Así que dos meses después el papá de los gemelos murió en un accidente de motora. 

*Y esta fue mi segunda dolorosa “prueba u oportunidad ” de evolución espiritual que me trajo la vida. 

Wow! No sabía que era capaz de sobrevivir tanto dolor en tan poco tiempo, y más aún poder escuchar la voz de Dios clarita guiándome y revelándome su sabio plan. Me quedé desnuda, un borrón y cuenta nueva, un nuevo comienzo forzoso, en un abrir y cerrar de ojos. Ahora tenía que mirar hacia adentro de mí, yo era lo único que tenía. Recuerdo que me decía a mi misma: “si tu decides reponerte o no, no importa, la vida continúa”; Era mi decisión. 

Comparto esta vivencia porque es importante para mí ser vulnerable y así otros se pueden identificar, recogiendo las enseñanzas que les sirvan para su vida.

Creo que hay un plan divino, perfecto, que escogemos antes de venir a la tierra, si! Creo en que nosotros escogemos las vivencias que nos faltan para nuestra evolución espiritual: el desapego, escoger el amor en vez del miedo, aceptación a las cosas que no entendemos, y confiar, confiar que una sabiduría mayor, brillante, amorosa nos acuna, nos guía, nos susurra al oído el próximo paso. Está en nosotros abrir nuestro oído espiritual para poder tener acceso a nuestra verdad, poder escucharla, esa que habla el corazón y no la mente. 

Le decía el otro día a una amiga, que la mente es como una vieja chismosa que anda hablando sin parar, juzgando, hablando de otros, ¡opinando! Hay que ignorarla, mandarla a callar, cuando ella se calla, ahí podemos escuchar el corazón, que es el Ser Superior, es Dios! 

Luz y fortaleza hermanas de esta tribu universal, el tiempo sana todas las heridas, hoy, doce años después puedo escribir estas líneas sin que salgan lágrimas, nunca se olvidan esas gotitas de miel que tuvimos en nuestro vientre, ellos nos endulzan el camino para las próximas vidas que traigamos! 

Amor y luz,

 Namasté

Raisa Espinet Batista

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