Castigos y recompensas.

En la filosofía Montessori se practica un sistema que me gusta mucho. Por ejemplo: en el salón de clases cuando un niño busca a su guía para mostrarle su trabajo, la guía le responde -bien, terminaste tu trabajo. ¿Cómo te sientes? ¿Qué me puedes decir de este trabajo?

La guía no le hace fiesta al niño por haber terminado su trabajo o haberlo hecho bien. El propósito es que el niño se sienta bien por lo que realizó y no esté esperando reconocimientos ni bombos y platillos por su labor.

Este trabajo lo hizo bien por él y para su satisfacción propia.
El niño aprende a realizar sus trabajos y completar las lecciones porque esto le da un sentido de completitud y se siente orgulloso por su logro. La satisfacción que siente no depende de la reacción de su guía.

El niño hace partícipe a su guía pues ella le dio la lección de cómo hacer el trabajo y la guía amorosamente observa y conversa con el niño sobre como él se siente al respecto y le pide que le describa lo que completó.

Esto se traduce a diferentes áreas en la vida de ese niño ya adulto. Evita que ya cuando el niño se convierte en un hombre, no esté en la búsqueda de reconocimientos y aplausos, va por la vida realizando sus sueños porque es algo muy personal e importante para él.

No se obliga a hacer cosas para agradar a otras personas como sus padres, jefes, maestros o superiores.
Este maravilloso sistema ayuda a que el niño sea seguro de sí mismo, observe su trabajo y lo pueda describir con humildad y claro entusiasmo pero sin esperar nada de recompensas.
Recuerdo que si mis hermanos y yo sacábamos buenas notas, esperábamos un regalo o alguna recompensa. Y cuando lograba algo grande como fue para mí terminar mi bachillerato en Publicidad comercial, me sentí muy feliz pero una parte de mi esperaba elogios y reconocimientos.

Ya sané esa necesidad de reconocimiento y por eso creo importante llevar este mensaje a los padres para que puedan ayudar a sus hijos en este respecto.

Por otro lado el tema de los castigos me parece interesante porque los castigos desde mi perspectiva no ayudan al niño a hacer la conexión con Causa y Efecto. La Causa y Efecto es una ley universal muy sabia e importante de enseñar  a nuestros hijos desde temprana edad.

Por ejemplo: Una madre le dice a su hijo que si no guarda la plastilina, no le va a comprar más. El niño resiente a su mamá  por esta declaración, es un castigo y hasta una amenaza, pero no vemos explicación del porqué  es importante guardar la plastilina, cuales son las consecuencias de no hacerlo.

En cambio le podemos decir: Hijo si no guardas la plastilina, se pone dura y luego no vas a poder disfrutar de jugar con ella porque te va a ser muy difícil moldearla.

Ya está en las manos del niño, es su responsabilidad si quiere guardarla bien para poder usarla nuevamente o no. Es una decisión que él toma y solo él es responsable del resultado. De esta forma le estamos ofreciendo una amorosa guía.

Los castigos a mi entender no son muy eficientes, me gusta el poder explicarle al niño y hacerlo responsable de que cada causa trae un efecto y nosotros podemos escoger los efectos, trabajando responsable y conscientemente en las causas.
Así al convertirse en adulto ve claramente que él no es una víctima de la vida o que la vida lo castiga, él sabe que sus decisiones crearon su realidad actual, ¡Causa y Efecto!

Como asistente de maestra en el Colegio Montessori, aprendí estas técnicas y las aplicábamos con los niñitos en nuestro salón de clases, eran pequeños de 3 a 5 años, alrededor de 25 niños; se me hacía maravilloso ver como ellos estaban tan receptivos a estas enseñanzas, le decíamos: parece que necesitas sentarte aquí unos minutos a relajarte y pensar porque tomaste esa decisión, esta es tu decisión.

Luego el niño nos decía: estoy listo, venía a donde una de nosotras, sus guías y nos explicaba porque tuvo que sentarse unos minutos (usualmente eran solo 3 minutos, la regla universal es un minuto por ano del niño, o sea si tiene 3 años, pues 3 minutos) pero ellos mismos determinaban cuando estaban listos para pararse y hablarnos.

Para concluir, nosotros escogemos si queremos aprender a través del amor o el dolor. Y estas son las enseñanzas que le entrego a mis hijos.

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